27 abril 2015

La Ley del Silencio


Por David López Sandoval
El autor es Profesor de Lengua y Literatura y autor del blog https://lautopsia.wordpress.com 

En el instituto donde trabajo se dice que, hace cuatro años, unos estudiantes del Programa de Cualificación Profesional Inicial (PCPI) ataron a un compañero de clase a una silla y le propinaron una paliza mientras lo grababan con un móvil. Parece ser que el vídeo circuló durante varias semanas y que, gracias a ello, llegó a los padres, quienes lo pusieron en conocimiento de la dirección del centro. Aunque suene a broma, nada de lo que ocurrió a partir de entonces ha trascendido. Unos aseguran que los padres finalmente no interpusieron denuncia alguna por la mediación de la directora y las jefas de estudios. Otros dicen que los alumnos fueron expulsados unos días y que aquí paz y después gloria. ‘Aseguran’, ‘dicen’, ‘parece ser’. Todo son conjeturas. Yo me enteré meses más tarde y, tras indagar un poco, me di cuenta de que el resto de profesores también habían sido ajenos a la noticia. Días después, ya nadie se acordaba de lo que había sucedido.
Confieso que, hasta el asesinato de Abel Martínez Oliva, profesor del IES Joan Fuster, no había vuelto a pensar en aquel caso. Desde luego, no es el más grave de los que conozco, pero sí es uno de lo más paradigmáticos de esa tradicional discreción con que, por cobardía, resignación o solipsismo, se suelen llevar estos asuntos. Por ejemplo: supongo que la directora y su equipo evitó que la inspección se enterara porque así no tendría que enfrentarse a un larguísimo proceso burocrático que habría destapado la mano ancha y el miedo con que eran tratados los alumnos de aquel programa educativo, protagonistas hasta el momento de la mayoría de los casos de indisciplina. Por otra parte, la reserva de los padres y su decisión de no interponer ninguna denuncia fueron las típicas reacciones de quienes saben que, de haber hecho todo lo contrario, habrían entrado en una espiral de amenazas y no habrían llegado absolutamente a nada, pues los que torturaron a su hijo eran menores de edad. Por último, tampoco resulta extraño que ninguno de los profesores pusiera el grito en el cielo por no haber sido informado, ni que aún hoy sigamos (o queramos seguir) sin conocer qué fue lo que ocurrió en realidad, ya que el régimen educativo nos ha convertido en ectoplasmas que se cuidan mucho de hacer preguntas inadecuadas.
Mi experiencia me dice que sucesos como los del instituto donde trabajo son habituales en muchos otros centros de enseñanza españoles, y que si no sale a la luz un mayor número de ellos es por esta trituradora ley del silencio que han acabado imponiendo el cerote y la autocensura. Todos los días hay un incidente de acoso que se deja sin resolver, un insulto a algún maestro que se pasa por alto, una pelea que se graba con el móvil o un conflicto que se pretende solucionar poniendo a la misma altura a agresor y a agredido. Los dueños de las palabras y de la corrección política, los sacerdotes de las pedagogías permisivas y del rousseaunismo social han implantado un sistema en el que el castigo se sustituye por la prevención, y la responsabilidad por la dispensa, donde el menor de edad, propiedad del centro durante treinta horas a la semana, es algo así como un ídolo al que hay que apartar de la culpa, del aburrimiento y de las cosas desagradables de este mundo. Y el monstruo va haciéndose cada vez más grande, alimentado por unas directivas corrompidas hasta los tuétanos, meras correas de transmisión de las consejerías; por unos padres que, independientemente de que hayan criado a víctimas o a verdugos, han delegado toda su responsabilidad en el colegio; por unos alumnos cada vez más conscientes de sus privilegios civiles y penales, y por unos profesores sumisos que han traicionado lo más sagrado que, hasta hace unas décadas, poseían: su criterio profesional.
Por eso, tras conocer la noticia de la muerte de Abel Martínez Oliva, no he podido evitar preguntarme si el asesino de trece años estuvo alguna vez protegido por esa férrea omertà que reina hoy en la mayoría de los colegios. Hay quienes aseguran que los actos de indisciplina en el IES Joan Fuster eran habituales y que la directiva, ante cualquier conflicto entre profesores y alumnos, solía ponerse de parte de estos últimos y de sus padres, siguiendo una política hacia la que la inspección es cada vez más proclive. Otros dicen que esa es precisamente la razón de que se haya impuesto la consigna del hecho aislado y el brote psicótico. Parece ser, en definitiva, que el asesino llevaba años en tratamiento psicológico pero que en el instituto nadie lo sabía.
De nuevo ‘aseguran’, ‘dicen’, ‘parece ser’. De nuevo la confusión y el oprobio. De nuevo, como siempre y para siempre, el silencio.

23 abril 2015

"Educación a la carta" - Estrenamos el trailer




Estrenamos el trailer del documental "Educación a la carta (la revolución pendiente)". Después de la proyección habrá un coloquio sobre libertad y alternativas educativas.

Será el sábado 25 de abril en l'Eliana (Valencia). Habrá un pase a las 11 de la mañana y otro a las 5 de la tarde. La entrada es gratuita y se solicitará un donativo para financiar la realización del documental. Es necesario confirmar asistencia en el email hola@familytreecrianza.com o por teléfono al 96 1022357, dado que el aforo es limitado.

¡Ayúdanos a difundirlo!







*Si no puedes asistir a la presentación, haz tu donativo aquí:


ACTUALIZACIÓN A 2/03/2015  A petición de algunos colaboradores, y dado que hay una incidencia técnica temporal en Paypal que nos impide aceptar los pagos con tarjeta, comunicamos el número de cuenta de titularidad de la Asociación Española por la Libertad Educativa para que puedan hacer allí directamente sus ingresos especificando "donativo para documental" y su nombre y apellidos: 0182.6135.87.0201534224




22 abril 2015

¿Por qué el sistema educativo se empeña en matar lectores?

Por Carmen, mamá y autora del blog cappaces.com
Estoy convencida de que uno de los mejores legados que les puedo dejar a mis hijos sería el amor por los libros. La lectura no sólo supone una fuente de placer inmensa o un vehículo de evasión de una realidad que muchas veces no nos gusta y que nos permite acercarnos a universos y personajes más afines a nuestro mundo interior que el real, sino que además es la llave de la libertad.
A la lectura se llega primero por placer y, con el tiempo, se acaba descubriendo ese instrumento de libertad que representa. El ejercicio de la lectura nos permite desarrollar una capacidad de razonamiento que requiere de práctica, pone a nuestro alcance fuentes variadas y a veces contradictorias que nos obligan a elaborar nuestras propias conclusiones y a desarrollar esa facultad tan importante llamada criterio propio y que supone la mejor vía para acercarse a una verdad más justa y objetiva que aquella que se nos da ya masticada y elaborada. Hasta tal punto los libros representan un instrumento de cambio y transformación de una sociedad, que ha sido una constante en la historia de la humanidad la persecución, prohibición y quema de libros como el arma que efectivamente son.
Todos los conocimientos, todo lo que la humanidad es y ha sido, todo lo que se ha inventado, pensado, sentido y creado está en los libros.
©Paula Verde Francisco
©Paula Verde Francisco
Todo lo que la lectura significa, se contrapone a lo que la educación reglada representa. A día de hoy, y tal y como se desarrolla, parece tan sólo enfocada a fabricar seres uniformes amoldados al sistema de pensamiento de sus respectivas sociedades. Lo más curioso, es que la teoría de nuestro sistema educativo y los programas de estudio no lo exponen así y esos textos están plagados de un lenguaje y unos conceptos que propugnan todo lo contrario: fomento de la autonomía, la independencia y el sentido crítico, capacidad de razonamiento, educación en valores, desarrollo del criterio propio, aceptación de la diversidad y la diferencia, desarrollo de la tolerancia y el respeto, potenciación de la imaginación y la creatividad personal… Pero esa teoría, tan avanzada y liberadora, no ha ido acompañada en la práctica de un cambio en la metodología y se ha quedado tan sólo en eso: palabras.
Esa misma teoría educativa también reserva un espacio para el fomento de la lectura. La realidad de cómo se aplica, no sólo no consigue crear lectores sino todo lo contrario: alumnos que acaban aborreciendo los libros. En el caso de la Educación Secundaria, lo consiguen incluso con aquellos niños que ya llegaban siendo lectores. Yo tengo un ejemplo en mi casa.
El sistema educativo intenta fomentar la lectura por medio de dos conceptos que se contradicen con lo que los propios libros representan:
Obligatoriedad: se elabora un listado de libros que presupone que ciertas historias van a encajar con las características, gustos y personalidad de todos los niños de esa clase.
Por una parte, esta práctica aberrante presupone a todos los niños iguales, algo que no es real pero que viene a confirmar mi convencimiento de que lo que el sistema educativo persigue no es “formar personas”, sino “crear autómatas” (quienes no encajan, no se adaptan o no consiguen “simular que se adaptan”, son expulsados del sistema). Por otra parte, los libros representan libertad: cuando no se tiene siquiera la mínima que nos permita elegir nuestra propia lectura, llamémosle otra cosa pero no lectura.
Premura y urgencia: se obliga a completar un libro en un determinado espacio de tiempo.
Aún siendo lectora voraz, hay temporadas en que los días, e incluso las semanas, se me pasan sin un libro entre las manos. Porque la lectura requiere de un determinado ánimo (o estado de espíritu si se quiere) que no siempre se tiene. Menos aún cuando se vive en el mundo de la maternidad diversa. Son incontables los días en que soy incapaz de concentrarme en las palabras y me veo retomando el mismo párrafo una y otra vez, sin lograr concentrarme en su significado. Así que no, no se puede obligar a completar una lectura en un determinado espacio de tiempo. Recuerdo haber leído “La Regenta” en 3º de BUP a contrarreloj y encontrarme pensado sobre lo mucho que habría disfrutado su lectura si hubiera podido hacerlo con calma.
Resulta que, treinta años después, nada ha cambiado y veo a mi hija, lectora vocacional y entregada hasta iniciar la ESO, angustiada ante las páginas de un libro que debe apurar a tiempo para el examen del viernes (y cuya lectura debe compaginar además con deberes y exámenes). Así que, el sistema educativo parece seguir empeñado en matar lectores y esto afecta incluso a los que están consolidados.
Sistema educativo mata lectores-2
Me indigna pensar que todo el tiempo que he pasado buscando y revisando libros que se ajustaran a todo lo que yo sabía que iba a enganchar a mi hija (argumentos, localizaciones espaciales y temporales, protagonistas, ilustraciones e incluso tipografía), me lo han reventado de un plumazo. Horas y más horas rebuscando entre las estantería de bibliotecas públicas, librerías (pequeñas, medianas y grandes almacenes), webs y blogs especializados…. para nada. No pierdo la esperanza de que esa semilla vuelva a rebrotar algún día y que pueda volver a verla disfrutando con un libro entre las manos. Cuánto echo de menos ahora aquellos días en que tenía que reñirle para que regresara al mundo siquiera para sentarse con nosotros a la mesa o saludar a las visitas, y ella acababa escabulléndose de nuevo para leer a escondidas. Esa pasión le llevó a pedirme que creara un blog para ella donde poder guardar sus lecturas preferidas, imagino que como un forma de compartirlas con el mundo y de que aquellas sensaciones quedaran guardadas en algún rincón. Desde que empezó el instituto y sus lecturas se convirtieron en obligadas, Leer para dentro también quedó abandonado. Igual que su pasión.
Así que, resumiendo, el sistema educativo pretende formar lectores por medio de la lectura obligatoria y a contrarreloj. Y no, da igual el número de voces que se empeñen en gritar que así no sólo no se crean lectores sino todo lo contrario: personas que aborrecerán la lectura toda su vida, que el sistema educativo también está empeñado en no darse por enterado. Así que entiendo que, en realidad, no quiere formar lectores sino “hacer que forma”. Formar personas libres supone una amenaza para cualquier sistema, por muy amante de la libertad que se declare.
Así que, es a nosotros, las familias, a quienes nos va a corresponder lograr que nuestros niños lean, que lo hagan con agrado y que aprendan cómo usar esa puerta de libertad. ¿Existenotras vías para fomentar la lectura? Si, las hay, pero implican tiempo, esfuerzo y paciencia por parte de los adultos, así que nos decidimos por la vía fácil y rápida que representa la obligatoriedad pero que, repito, no sólo no es efectiva, sino que casi siempre consigue el efecto contrario: hacer que los niños odien la lectura.
Como no quiero alargar ni hacer pesado este post, intentaré reunir en otra entrada las claves que mi experiencia me ha enseñado que sí pueden ser efectivas. No soy docente, ni pedagoga, ni experta en literatura infantil (quiero decir que no tengo ningún título-papel que me acredite en este campo), pero me avala la experiencia de casi 15 años como madre empeñada en que dos niños de distinto género, gustos, aficiones, personalidad, características y hasta funcionalidad, amen los libros.
Y ojalá eso les ayude a convertirse en indomables Will Huntings.

20 abril 2015

No me molestes, mamá. Estoy aprendiendo.

Que la educación necesita una revolución nadie lo duda.

Las innovaciones que vivirá el mundo educativo acabarán desmontando todo el sistema que hoy en día forma a los ciudadanos en las escuelas e institutos. En este proceso, la tecnología, las redes sociales o los videojuegos tendrán seguramente un papel importante, serán herramientas valiosas para transmitir nuevas habilidades a los jóvenes, las que verdaderamente necesitan para llegar a la vida laboral y desenvolverse socialmente en entornos cambiantes.

Eduard Punset entrevista en Redes a Marc Prensky, un experto en la educación del futuro, un hombre rompedor y creativo en la empresa de reformar las aulas y los sistemas educativos actuales.


Para acceder al vídeo pincha aquí.









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