30 octubre 2014

Mat y los ruidos


En muchas ocasiones, nos quedamos en los artículos profesionales, en los de opinión, en los estudios que analizan uno u otro aspecto de las altas capacidades y dejamos un poco de lado el día a día que viven los niños y sus familias.

Por eso resulta interesante traer un testimonio, aunque sea indirecto, de lo que supone escuchar a un niño, dando igual que sea de altas capacidades o no, pero con resultados mucho más evidentes en el segundo caso, dadas sus habituales características de intensidad emocional y sensibilidad en casi todos los planos.

Hace un año, un niño al que llamaré Mat para preservar su intimidad, y que conocía por primera vez, se tapaba los oídos con cara de intenso fastidio mientras en un taller de unos diez niños de altas capacidades el resto jugaban a plastilina. Nadie estaba gritando, no había un ruido especialmente fuerte ni había motivo aparente para ese gesto, pero para mí estaba claro que algo nada agradable le estaba ocurriendo. Le pregunté si quería que le acompañase a salir del allí un rato, al pasillo, y me dijo que sí. Intuí que tenía una sensibilidad auditiva extrema, con toda la potencialidad positiva que eso supone, para la música o el canto por ejemplo. Pero muchos niños de AACC son muy sensibles a nivel auditivo y eso no significa que vayan a convertirse en un Mozart, sólo que ellos suelen ser así.




Por aquel entonces, Mat iba al colegio por primera vez y lo estaba pasando realmente mal. Sus padres lo habían notado de forma evidente. Ante sus sospechas, le hicieron un diagnóstico que salió positivo en AACC, pero que no logró que el colegio atendiese sus necesidades ni comprendiese sus diferencias. De forma que ésa y las siguientes veces que lo vi, Mat mostraba una mirada esquiva, huraña, de niño enfadado, hablaba poco, en tono bajito y mirando al suelo normalmente. Pese a todos los intentos que realizaron los padres para que el niño se adaptase al colegio y el colegio al niño, no resultó. Su carácter iba de mal en peor también en casa, decía que no quería ir al colegio y hasta llegó a no querer salir de casa. Tenía una edad en la que la escolarización es voluntaria, así que sus padres decidieron sacar a su hijo del colegio. A los pocos meses, Mat empezó a mejorar en general, tanto de humor como en cuanto a ganas de relacionarse con el mundo exterior. Al sentirse mejor, los padres volvieron a escolarizarlo para probar si había sido algo puntual, resultando aún peor esa vuelta al colegio. Al poco, decidieron sacarlo por segunda vez del colegio y no ha vuelto más.

Un año después de aquella primera vez, lo he vuelto a ver y era otro niño completamente diferente al Mat que conocí. Me he sentido muy feliz al ver que su mirada ya es brillante, su tono de voz ya es alegre, su boca no está apretada, sino que sonríe a menudo, sus hombros ya no están encorvados ni la cabeza baja cuando anda, sus movimientos, su cara y su cuerpo entero reflejan que ahora vive en la luz, en contraposición a la oscuridad que vivió cuando iba al colegio. Su vitalidad recobrada, las ganas de correr alegre y no iracundo, la ternura y el cuidado que ponía al relacionarse con otros niños más pequeños a los que hace un año ni miraba siquiera sólo pueden darse cuando se tiene bien nutrido el corazón, y no se pueden dar cuando a uno le falta la felicidad. Al despedirnos, y porque venía al caso dada la conversación que tenía con sus padres, Mat hizo el gesto de decirme algo al oído. Me agaché y me susurró “odio los ruidos”. Me dieron ganas de abrazarlo bien fuerte (algo que no hice por si se asustaba o se sentía incómodo) y decirle al oído “sí, lo supe hace un año, cuando te tapabas los oídos y te acompañé al pasillo para evitar lo que para ti era una tortura”.

Habría que aclarar que este testimonio indirecto no tiene como objetivo defender la desescolarización. En este caso resultó que las condiciones que se daban en el colegio eran claramente incompatibles con las necesidades y características innatas de Mat. Pero puede tratarse de otras cuestiones. Lo que se pretende es mostrar la diferencia tan abismal, como de la noche al día, que supone para un niño de AACC el ser escuchado y atendido en lo que expresa como necesidad, pudiendo expresarlo simplemente en forma de malestar, enfermedad o infelicidad, aunque no sepa expresarlo verbalmente.

Y aún se puede hacer un seguimiento a esta historia. Y es que Mat, aunque no vaya al colegio, se encuentra otras fuentes de ruido relativamente alto, de aglomeraciones de personas, situaciones de muchos estímulos a la vez en un espacio relativamente reducido o del que no puede salir instantáneamente, o de cambios de actividad o situación con relativa rapidez. Todo eso para él sigue siendo fuente de gran estrés. Los padres intentan minimizar el impacto de estas experiencias, y están investigando y probando distintas formas por ver si logran que Mat tolere con el tiempo el nivel de ruido, aglomeración de personas, cambios o exceso de estímulos que normalmente otros niños toleran sin aparente molestia. A veces recurren a los tapones de silicona para los oídos, algo que el niño agradece infinito. Pero otras veces resulta imprevisible o difícilmente evitable que esos estímulos estén a su alrededor o que esos cambios ocurran.

Ojalá consigan que Mat se sienta bien sin que esas cuestiones limiten en alguna medida su vida o sus experiencias. Se logran muy buenos resultados dando al niño las herramientas para que pueda prever lo que sucederá: hacer un planing semanal con sus actividades aunque sea de corta edad, explicarle por la noche lo que haremos al día siguiente, darle todos los pasos detalladamente de lo que ocurrirá tras levantarse, o si nos visita alguien o si lo llevamos a algún sitio o actividad por primera vez. Pero no habría que perder de vista que cuando una persona tiene una extraordinaria sensibilidad o la capacidad de percibir mucha información a la vez, como es el caso de Mat, la tiene para lo bueno y para lo malo. Como aún tiene una corta edad, no podemos afirmar, aunque sí intuir, lo positivo que resulta y la potencialidad que supone ser tan sensible, pudiendo ver casi sólo los efectos molestos de esa característica que acompaña a muchísimos niños de AACC. Eso significa que tal vez sea más práctico aprender a vivir adaptándose a su especial forma de ser y no intentando adaptar al niño a la vorágine de mundo hiperestimulante, altamente ruidoso y estresante que vivimos. Nos puede servir recordar que algunos adultos deciden irse a vivir al campo o a un entorno más tranquilo y natural. Tal vez sólo respetando las innatas características del niño, éste pueda ser feliz y procurar felicidad a muchas personas desarrollándose plenamente.

Por experiencia propia, muchas personas, tras varias décadas de vivir en este mundo en el que vivimos, no han conseguido adaptarse y han decidido no intentarlo más. Es cierto que la experiencia de conciertos en vivo se suele limitar a una y arrepintiéndose de haberlo intentado, que las horas punta en el metro son una fuente de estrés importante y lo serán siempre, que difícilmente se asistirá a un partido en directo de los que llenan el estadio y que incluso las reuniones con amigos en las que hay más de una conversación paralela son desagradables. Ocurre que tener que cambiar de planes porque algo se tuerce o porque alguien cambia de opinión produce un estado de enfado del que cuesta salir a veces el resto del día. Es cierto que los minutos que preceden al comienzo de la clase en la universidad se convierten en verdaderas salas de tortura, con una cincuentena de alumnos hablando a la vez y con la voz alzada. ¿Cómo tienen tantas ganas de hablar tanto y tan alto tan temprano? ¿No les molesta a ellos? Apenas. Es cierto que entonces es una bendición matricularse de tardes.

¿Por qué les sucede todo esto? Su extremada sensibilidad, su capacidad de percibir simultáneamente una cantidad ingente de estímulos, y por tanto de información, y su necesidad de controlar el entorno, son las causantes de todas esas sensaciones molestas. Algunos niños de AACC son capaces de percibir ultrasonidos, así que una clase de 30 niños gritando en el recreo o al entrar al aula por la mañana es sencillamente insoportable. Es tanta la información que se puede obtener en una celebración de cumpleaños que reúna a 20 niños, que es inevitable que surja un estrés importante, ya que no pueden evitar el escanear, analizar, comparar, concluir, abstraer, generalizar y comprender la multitud de gestos, miradas, palabras, tonos, movimientos, actitudes, etc. que pueden suceder en las horas en las que transcurre el cumpleaños. Y pocas personas imaginarían que la necesidad de control del entorno de un niño de AACC, le llevará a que, dentro de un estadio de fútbol atestado, pueda estar más preocupado de qué haría para salir indemne si de pronto ocurriese un incidente grave que de quién está llevando la pelota hacia la portería.

Se pretende ejemplificar que esas características no son disfunciones ni anomalías que necesariamente haya que normalizar. Los niños de AACC son diferentes, y asumirlo es quizá el paso más grande que los padres podemos dar por ellos. Luchar contra eso tal vez haga sentir peor al niño y en realidad puede resultar infructuoso. Cuando se habla de “adaptación” en el caso de los niños, tal vez en realidad estemos hablando de forzar procesos que lo único que logran es mermar aquello que traían de maravilloso en su interior.

Gracias a los padres de Mat por dar su consentimiento para que este testimonio pueda ser compartido con otras familias. Y gracias, sobre todo, por escuchar a Mat. 

Desde dentro [Un profesor habla del sistema]






Por P.Forrester.

Mientras vigilaba a mis alumnos durante uno de sus exámenes, recibí el mensaje de Laura. Escribir un artículo sobre el sistema educativo actual, una crítica “o algo así”. Suena irónico si lo piensas: uno de los peones del sistema, poniéndolo en duda. Pero, después de algunos años, me doy cuenta de que no soy el único que se replantea la situación, que ya ni siquiera piensa en cambios en el sistema. El Sistema está muerto. Se nos acabaron las respuestas a la clásica pregunta “¿profe, y esto para qué me sirve en la vida?”; y se nos acabaron porque ahora, más que nunca, son Mentira. “necesitas tener cultura general”, “algún día podría hacerte falta”, “estudia y tendrás un futuro”,… 

Lejos de tener un sistema que ayude a niños y niñas a crecer libremente aprendiendo a elegir, nos encargamos de alejarlos de sus sueños haciendo desconectar a cada uno de ellos de su yo interior. ¿Cuántos chicos y chicas de 16 años tienen claro lo que quieren hacer en la vida? De acuerdo, 16 quizá sea una edad temprana para saberlo, pero, ¿cuántos de ellos saben si quiera lo que les gusta? Sí, muchos te dirían el fútbol, la música, salir con las amigas o Internet. Pero realmente, ¿qué les apasiona? ¿Cuáles son sus potencialidades? Y, citando a Ken Robinson, ¿encontraron su elemento? Nada más lejos de la realidad. Cuando llegan a esas edades, están más lejos de sí mismos que nunca.
Todo esto no es nada nuevo, es muy difícil encontrar gente feliz de que llegue el lunes porque van a ir a trabajar (y además la radio se encarga de recordarnos a cada minuto los días que quedan para el fin de semana. Triste). 

Leí una cita hace ya algunos años que me gustó. Dice así: “Nuestra juventud es decadente e indisciplinada, los jóvenes ya no escuchan los consejos de los viejos, el fin de los tiempos está cerca.” Anónimo Caldeo 2000 A.C. Sí, esto lo escribió un iluminado hace 4000 años. ¿Seguimos pensando que el problema es de ahora? No nos engañemos. 

Quizá cuando un adolescente empieza a “causar problemas”, sea algo tarde ya. Muchos años atrás, niños y niñas llenos de energía, entusiasmo y ganas de aprender, sí sí, GANAS DE APRENDER, son atados a sillas durante largas horas delante de tediosos libros y fichas que rezan cosas como “Mi mamá me mima”. No me extraña que a la hora del recreo salgan disparados como una manada de ñus hacia no saben bien donde, huyendo del aburrimiento. Yo también lo haría. O, mejor dicho, yo también lo hacía.

He oído millones de veces (y ahora más que nunca por mi situación familiar, con un bebé en casa, y la de muchos de mis amigos) eso  de “los niños son esponjas”, “no te das cuenta y han aprendido algo nuevo”, y muchas más. Entonces, ¿Por qué tenemos esa manía de que aprendan lo que nosotros queremos que aprendan? (y ahora no hablo sólo de sistemas educativos). Confiar en los niños es una de las cosas más bonitas que he aprendido recientemente. Confiar en los niños. Todo sería más fácil si lo hiciéramos, algo que también he podido comprobar en estos años. Ellos aprenderían mejor (y no digo “más”, aunque también) y nosotros también viviríamos mejor: Qué estresante es forzar y forzar a alguien a aprender algo que, sencillamente no le interesa, ¿no os pasa a vosotros?

El proceso es mucho más natural, o al menos debería serlo: Me gusta, lo aprendo; me interesa, lo aprendo; lo necesito, lo aprendo. Pero cada cosa a su tiempo. Dejemos que cada uno sea feliz a su manera (y, de nuevo, no hablo sólo de sistemas educativos).

¿Y dónde queda la figura del profesor? ,nos preguntamos todos. En realidad, eso es algo que yo me pregunto constantemente. Cuesta muchísimo pensar en todo esto y después intentar actuar de forma coherente, a fin de cuentas, ya puedes ser el profesor más maravilloso, motivador y abierto del mundo, que ellos y ellas, no querrían estar ahí sentados. No deja de ser, de algún modo, una prisión para ellos, sin que se me malinterprete.

El nuevo rol del profesor quizá debiera ser el de convertirse en alumno para empezar, vaciarse de todo lo “aprendido” (que en la mayoría de casos fue aceptado sin poner en duda a la autoridad) y volver a llenarnos, nutrirnos de toda la sabiduría que tienen ellos. ¿No sería un proceso mucho más enriquecedor? Y, sobretodo, ¿no sería mucho más divertido? Bien mirado, quizá nosotros tengamos mucho más que aprender de ellos que al revés.

Por supuesto, llegado el momento, si alguien me pregunta o tiene alguna duda sobre logaritmos, el efecto invernadero o las causas de la Primera Guerra Mundial, allí estaré para lo que necesite, pero no más clases magistrales por favor. ¡¡Qué aburrido!!

Hace unos años leí un libro titulado “El Profesor” que me llamó la atención. Habla de un joven que decide hacerse profesor (qué título más original) en la Nueva York de los años 50. No es el mejor libro de la historia, pero me quedé con algunos fragmentos que me sorprendieron. En uno de ellos, el protagonista contaba las dificultades que tenía para hacerse con la atención de los alumnos y cómo en muchas clases acababa contando historietas, anécdotas de su vida (¿os suena?) y ésta era la única forma de hacerse con ellos, el único rato en que sentía que conectaba con su clase. Al final del capítulo dice algo así como que “pasados muchos años, me di cuenta de que contar historias también es enseñar”. Me encantó esa conclusión, aunque muchos puedan pensar que esto sería mucho más fácil para un profesor de Historia quizá, o incluso de Literatura que para uno de Mates o Física. 

Se pueden hacer cosas, claro que sí. Hay grandes maestros y profesores expertos en sortear tediosos obstáculos con tal de hacer las Mates más entretenidas, con tal de que parezcan útiles (que a veces lo son), pero no nos engañemos, al final de la partida somos esclavos de logaritmos, reyes godos y complementos circunstancialesCierto es que algunos niños disfrutan de ello, les motiva el reto de resolver una integral (a veces hasta a mí me pasaba), pero la norma general no es ésa. Y no me extraña…

Luego está la teoría de la competitividad. “Vivimos en un mundo competitivo y hay que preparar a los jóvenes para ello”. Tampoco me lo trago y, además, no es mi objetivo. Incluso aunque así fuera, creo que sería un error, al fin y al cabo cuando crecemos, elegimos lo que queremos. Si alguien no me gusta, no estoy con él. Si un trabajo no me hace feliz, lo dejo y busco algo mejor,… ¿o quizá no ocurre así? Entonces somos los adultos los que debemos replantearnos la situación, ¡y no los niños! Piénsalo bien, estrés, ansiedad, depresión; la enfermedad mental se ha apoderado del siglo y seguimos sin hacer nada. Es más, seguimos el mismo camino o aún peor. Queremos que nuestros hijos sean más competitivos, mejores en todo. Los apuntamos a piano, karate, inglés,… ¡y todo esto después de 8 horas de clase! Los medicamos desde los 4 años por cosas como la hiperactividad, sólo porque no pueden estarse quietos. ¡Porque no quieren estarse quietos! ¡Pero si me cuesta a mí con casi 40 años! Es triste, casi todos mis chicos quieren profesiones que les hagan ganar dinero por encima de cualquier otra prioridad. Ni si quiera piensan en si les gustará ser banqueros, ingenieros o médicos. Y hay muchos de estos infelices con sus vidas… a pesar de sus BMWs y sus chalets. ¡Alguno de mis chicos me dijo una vez que quería ser concejal de urbanismo! Debemos estar locos.

Hay muchas opciones, escuelas libres, activas, homeschooling, unschooling. Y me pregunto, ¿Cuándo nos dejaran elegir? ¿Por qué no somos libres de escoger la educación de mi hijo?  Y me vienen a la cabeza oscuras razones. Y más cuando ha quedado demostrado que el sistema no funciona; y si no, que le pregunten a los miles de licenciados, diplomados y demás que tienen que emigrar en busca de trabajo. Y mucho más, familias con hijos deprimidos por abusos en el cole,  por “fracaso escolar” (¡¡qué horrible forma de etiquetar a alguien!!), niños diagnosticados de enfermedades fantasma, o simplemente perdiendo su infancia y aprendiendo únicamente cuál es la cadena de mando (además de aprender a esperar al fin de semana o a las vacaciones para poder disfrutar). Nos han engañado y quieren seguir haciéndolo.

Yo soy profesor. Quizá la profesión en la que más se utiliza lo que aprendiste en la escuela, instituto o universidad y, a pesar de todo, creo que de todo aquello que “aprendí” en esos años, utilizo un 10%, puede que un 15. Y fuera del trabajo, tampoco me ha servido de mucho. Con los años me ha interesado leer algo de psicología, filosofía o incluso historia, pero por interés personal, no pensando en examinarme o tener que ser evaluado por nadie. Nos pasamos la vida siendo evaluados. La evaluación mata la educación (no recuerdo donde leí esto). Además, ¿Quién decide estas cosas? ¿En manos de quién está la decisión de que las derivadas se aprenden a los 16? Quizá la madurez para ello me llegue dentro de dos años. O quizá hace tres y ahora me aburro. O puede que nunca me llegue y que no las necesite para nada en la vida. Pero también puede que sea capaz de escribir un poema que emocione a la gente o pintar un cuadro o crear una pieza musical. Quizá a los 13 sea capaz de explicarte la química orgánica. Nos empeñamos en apagar luces creyendo que necesitan ser encendidas y no, ellos están bien despiertos.

Me hago otra pregunta. ¿Conoces a alguien a quien le interesen las mates, física, química, lengua, historia, geografía, música, arte, deporte, biología, geología, psicología, filosofía y economía  a la vez? Entonces, ¿Por qué queremos que ellos se traguen todo esto? ¡¡¡En un día!!! De nuevo, no estamos pensando en ellos, creemos que les estamos enseñando a elegir y hacemos justo lo contrario.
No estoy diciendo que el sistema no le funcione a nadie, no. A algunos les puede ir muy bien y, de hecho, así es. Sólo digo que cada uno debería ser capaz de elegir su sistema. No podemos pensar que todos los niños son iguales.

La bisabuela de mi hijo me enseñó una frase que creo que es muy aplicable a toda esta idea. Ella siempre dice “todo el mundo educaría perfectamente bien al hijo del otro”. Quizá por eso (o quizá por las mismas oscuras razones) se empeñan en decirnos cómo debemos educar a nuestros hijos.

A riesgo de que me llamen antisistema, anarquista o incluso perroflauta, dejo esta idea para quien pudiera estar interesado, no sin antes citar a otro buen amigo mío que siempre me recuerda que “no hay cadenas más difíciles de romper, cucarachas más difíciles de matar que las de tu propia cabeza”. Fin de la cita.


28 octubre 2014

¿Cómo encajarán en la sociedad los niños educados en casa?



Nuestro lector, Víctor, dejó el siguiente comentario en uno de los artículos que publicamos hace algún tiempo:

Nuevo por estos lares... Felicitaciones.

Lo primero: estoy a favor de educar a los hijos en casa y por eso me he acercado (vía google) por aquí.

Llevo meses (aún no tengo hijos) pensando sobre este tema y años pensando sobre la educación en general.

Mi pregunta es: al separar a los niños de una educación convencional creamos a seres diferentes del resto de personas que forman la sociedad. Una de mis críticas más feroces al sistema educacional actual es que es la antesala de la docilidad que requerirá de ti la sociedad para que puedas "encajar en ella" (esto lo sabemos bien los desencajados patológicos). ¿Qué pasará cuando esos niños entren en contacto con el mundo imperfecto que hemos creado (llámese universidad, mercado laboral...)? ¿No será casi imposible aceptar algo que saben que está mal y sufrir lo que algunos sufrimos por naturaleza?

No sé si logro expresarme con claridad.
Víctor, te expresas con total claridad y agradecemos que traigas esta cuestión a colación ya que son muchos los padres que se hacen esta pregunta, especialmente cuando deciden optar por dar una educación no convencional a sus hijos, ya sea educándolos fuera de la escuela o bien llevándolos a alguno de los centros que denominamos "libres" o "alternativos".

Existe una frase atribuida a Jiddu Krishnamurti que define perfectamente el sentir de estos padres: "No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma". Es obvio que el sistema escolar oficial tiene el objetivo de perpetuar el status quo y ello implica moldear a los niños y jóvenes para que estén adaptados; pero algunos padres prefieren decirles a sus hijos que no se empeñen en encajar porque han nacido para destacar. Ello no es porque se consideren parte de una élite, sino porque creen (creemos) que todos los seres humanos hemos nacido para destacar y, obviamente, para destacar en ámbitos distintos.

Los niños no escolarizados ya están en contacto permanente con el mundo imperfecto del que nos hablas, Victor. No entrarán en contacto con él cuando vayan (si van) a la universidad o cuando se incorporen al mundo laboral, sino que ya están ahí. La ventaja es que, en general, son niños a los que se permite desarrollar un pensamiento crítico, por lo que son capaces no sólo de observar sino también de analizar la situación de la sociedad actual y las diferencias con su propia vida. ¿Es ello fácil? No. Pero ¿es ello malo? ¡Tampoco! A nuestro modo de ver es muy positivo que cada vez se estén criando más niños capaces de discernir lo que es bueno de lo que es malo y que sean capaces de decir "no" y de argumentar sus negativas.

La cuestión se reduce a cuánto nivel de consciencia eres capaz de (o estás dispuesto a) asumir para ti mismo y para tus hijos. Obviamente es más fácil y cómodo dejarse llevar por la corriente, mezclarse en las multitudes, aceptar las cosas como otras personas han decidido que deben ser y dejarse encandilar por el pan y el circo. Pero la humanidad ha avanzado gracias a aquellos que han destacado, a los que han sabido decir no y desafiar el estado de las cosas, a los que han sido voces discordantes, a los que incluso han sido tachados de locos o imprudentes. Muchos de ellos, además, han formado parte de eso que llamamos "fracaso escolar".

¿Qué opinaban los profesores de Isaac Newton, de Albert Einstein o de Gillian Lynne? ¡Que eran un fracaso absoluto, que nunca harían nada en la vida o que tenían transtornos de aprendizaje!

¿Qué se dijo de Jesús de Nazaret, de Galileo Galilei y de los hermanos Wright? ¡Que estaban locos y no había que juntarse con ellos!

¿Qué opinaban Mark Twain y Winston Churchill del sistema escolar? ¡Que era absurdo y no servía para educar!
"Me habría gustado que me pidiesen que dijera lo que sabía. Pero siempre intentaban preguntarme lo que no sabía. Cuando yo estaba dispuesto a exhibir mis conocimientos, ellos intentaban poner de manifiesto mi ignorancia. Este tratamiento tuvo una única consecuencia: no obtuve buenos resultados en los exámenes".  W Churchill en "Autobiografía: Mis primeros años".


Por todo ello desde la Plataforma por la Libertad Educativa animamos a los padres a educar a sus hijos en consciencia, no sólo desescolarizando sino también haciendo posible el cambio desde dentro del propio sistema escolar si se sienten capaces de ello.




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